Sostenibilidad corporativa: ¿una agenda en extinción o en recalibración?

¿Está la sostenibilidad corporativa en extinción?

En el marco de las actividades por los 20 años del Centro Nacional de Responsabilidad Social Empresarial y Capital Social que dirijo en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, invité al Mag. Sebastián Bigorito, director ejecutivo del Consejo Empresario Argentino para el Desarrollo Sostenible a una charla abierta en la Comisión de RSE y Sustentabilidad de la Secretaría de Graduados de la FCE-UBA.

La respuesta que nos dejó Sebastián en la charla fue contundente: “En absoluto”.

La pregunta, de todos modos, resulta pertinente.

En un escenario internacional atravesado por conflictos geopolíticos, inflación, presión competitiva, transformaciones regulatorias, incertidumbre energética y una creciente polarización en torno de las agendas ESG, la sostenibilidad corporativa parece haber perdido parte de la centralidad que alcanzó durante los últimos años.

Pero quizás el fenómeno sea más profundo, y más interesante, que un simple retroceso.

El final de un ciclo

Según la mirada planteada por Bigorito, no estamos asistiendo al final de la sostenibilidad corporativa, sino al final de un ciclo y al comienzo de una etapa de recalibración.

En los últimos quince años, esta agenda atravesó diferentes momentos: consolidación, expansión, quiebre, contracción y recalibración.

Durante la etapa expansiva, la sostenibilidad ganó legitimidad, instrumentos, acuerdos globales y una creciente integración con la gestión empresarial. Fue un proceso necesario y, en muchos sentidos, virtuoso.

Pero en algún momento comenzó a producirse un desacople.

Cuando el hardware creció más rápido que el software

Una de las metáforas más interesantes de la exposición fue la diferencia entre el “hardware” y el “software” organizacional.

El hardware de la sostenibilidad creció rápidamente: normas, estándares, regulaciones, certificaciones, ratings, reportes, compromisos y múltiples herramientas de gestión.

El problema es que el software (la capacidad real de las organizaciones para comprender, incorporar y gestionar esos instrumentos) no siempre avanzó al mismo ritmo.

El resultado fue una suerte de sobrepeso de la agenda.

Sobrepeso narrativo, instrumental, regulatorio y normativo. Y también un lenguaje cada vez más cerrado, poblado de siglas y acrónimos que, en ocasiones, terminó alejando la sostenibilidad de quienes debían convertirla en decisiones concretas.

El asunto no es cuestionar la necesidad de estándares, regulaciones o sistemas de información. El desafío es que esos instrumentos estén al servicio de una transformación real y no terminen convirtiéndose en un fin en sí mismos.

De la narrativa a la gestión

La recalibración que nos planteó Sebastián no necesariamente supone una agenda más débil.

Puede significar, precisamente, una agenda más integrada a la gestión.

Menos declamación y más acción.

Menos narrativa y mayor atención sobre cuestiones que hoy resultan centrales para las organizaciones: gestión de riesgos, resiliencia, eficiencia, cadenas de valor, financiamiento, acceso a mercados, competitividad y licencia social para operar.

En este punto aparece una idea que tiene una larga tradición en el pensamiento sobre estrategia empresarial: la sostenibilidad también puede ser un factor de competitividad.

La cuestión es cómo lograr que esa mirada funcional no reduzca la sostenibilidad a una herramienta más del management.

El riesgo de perder el propósito

Y aquí aparece, quizá, la cuestión más importante.

Que la sostenibilidad sea más útil para las empresas es una buena noticia. Que pueda contribuir a reducir riesgos, mejorar la eficiencia, fortalecer cadenas de valor, acceder a mercados, generar innovación o construir ventajas competitivas, también.

Pero la utilidad no debería vaciar de sentido al propósito.

La sostenibilidad corporativa nació, entre otras cosas, de la necesidad de revisar la relación de las organizaciones con su entorno. Por eso, la creación de valor no puede medirse únicamente desde la perspectiva de la empresa.

Crear valor para las empresas, sí. Pero también para las personas, las comunidades y el ambiente.

Si la recalibración consigue superar los excesos de una etapa de expansión, sin abandonar los avances construidos durante ella, puede convertirse en una oportunidad para una sostenibilidad más madura: menos preocupada por demostrar que es sostenible y mucho más comprometida con serlo efectivamente.

Una conversación necesaria

La charla con Sebastián Bigorito, organizada por la Comisión de RSE y Sustentabilidad de la Secretaría de Graduados de la FCE-UBA, fue una buena oportunidad para abrir esta conversación.

En el marco de los 20 años del CENARSECS, seguimos encontrando en estos espacios algo que considero fundamental: la posibilidad de pensar la responsabilidad social y la sostenibilidad más allá de las modas, las etiquetas y las coyunturas.

Quizás la verdadera recalibración consista justamente en eso.

Volver a preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos.

Y construir, desde allí, una sostenibilidad capaz de dialogar con las necesidades concretas de las organizaciones, pero que nunca pierda de vista a las personas y al planeta que le dan sentido.

Porque la sostenibilidad no está en extinción. Está cambiando. Y el desafío es que ese cambio nos permita hacerla más efectiva, no simplemente más conveniente.